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El Principito
cuento clasico7-10 años

El Principito

por Antoine de Saint-Exupéry

Hace muchos años, cuando yo era chico, vi un dibujo de una serpiente boa que se había tragado a un elefante. Se veía como un sombrero, y los adultos me decían que dejara de dibujar pavadas y me dedicara a la geografía o al cálculo. Así fue como me convertí en aviador. Un día, sobrevolando el desierto del Sahara, el motor de mi avión se plantó.

Tuve que aterrizar de emergencia en medio de la arena. Estaba completamente solo, a miles de kilómetros de cualquier lugar habitado. Tenía agua para apenas ocho días y la angustia de no poder arreglar mi máquina. Pero la primera mañana, mientras dormía sobre la arena, una vocecita extraña y suave me despertó:

— Por favor... ¡dibujame un cordero!

Me levanté de un salto. Frente a mí había un pequeño hombrecito de pelo dorado, con una capa y una mirada que parecía ver a través de las cosas. Era el Principito. Después de varios intentos de dibujo (y de explicarle que yo no sabía dibujar corderos), le dibujé una caja con tres agujeros y le dije: "El cordero que querés está adentro". Él se puso feliz: era exactamente lo que buscaba.

El pequeño planeta y la Rosa

Con los días, aprendí que el Principito venía de un planeta apenas más grande que una casa: el Asteroide B 612. Allí, su vida consistía en limpiar tres pequeños volcanes (dos activos y uno apagado) y, sobre todo, en vigilar los brotes de baobabs. Esos árboles, si crecían demasiado, podían destrozar su pequeño mundo con sus raíces gigantes.

Pero lo que más amaba el Principito era una Rosa. Un día, una semilla diferente brotó y dio una flor hermosa, pero muy orgullosa y vanidosa. Ella le pedía que la tapara con un biombo por el viento o que le pusiera un frasco de cristal por el frío. El Principito, aunque la amaba, se sintió confundido por sus exigencias y decidió marcharse para conocer el universo. Al despedirse, la Rosa, con tristeza, le pidió perdón por sus caprichos, pero él ya había decidido partir.

El viaje por los asteroides

El Principito visitó varios planetas antes de llegar a la Tierra. En el primero vivía un Rey que creía mandar sobre todo, pero no tenía súbditos. En el segundo, un Vanidoso que solo quería que lo aplaudieran. En el tercero, un Bebedor que bebía para olvidar que tenía vergüenza de beber.

Luego conoció a un Hombre de Negocios que contaba estrellas porque creía que eran suyas, y a un Farolero que trabajaba sin descanso prendiendo y apagando su farol cada minuto. Finalmente, un Geógrafo le recomendó visitar la Tierra, describiéndola como un planeta con una gran reputación.

El encuentro con el Zorro y el secreto

Al llegar a la Tierra, el Principito se sintió solo. Vio un jardín con cinco mil rosas y se puso a llorar; él pensaba que su Rosa era única, y allí había miles iguales. Pero en ese momento apareció un Zorro de orejas largas y pelaje rojizo.

— Vení a jugar conmigo —le pidió el Principito.

— No puedo —dijo el Zorro—, no estoy domesticado.

El Zorro le explicó que domesticar significa "crear vínculos". Le enseñó que, si se hacían amigos, se necesitarían el uno al otro. El Principito comprendió entonces que su Rosa, aunque se viera igual a las otras, era única en el mundo porque él le había dedicado su tiempo, sus cuidados y su amor.

Al despedirse, el Zorro le regaló su gran verdad: "Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos". Le recordó que él era responsable para siempre de lo que había domesticado.

El regreso a las estrellas

Pasaron ocho días en el desierto y mi agua se había terminado. El Principito me dijo que era hora de volver a su planeta; su cuerpo de madera era demasiado pesado para llevarlo tan lejos, así que debía dejarlo atrás. Me pidió que no estuviera triste: cada vez que yo mirara al cielo de noche, sentiría que todas las estrellas se reían, porque él estaría en una de ellas riendo conmigo.

El Principito desapareció en la oscuridad del desierto, regresando a su asteroide para cuidar a su Rosa. Yo logré arreglar mi avión y volví con los míos. Han pasado los años, pero nunca dejé de mirar al cielo. A veces me pregunto si el cordero se habrá comido a la flor, o si él la habrá protegido bien. Para los adultos es una pregunta sin importancia, pero para los que amamos al Principito, todo el universo cambia según la respuesta.

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